Y hoy nos visita Leo Batic, autor de la saga El último Reino y ganador del Young Book Award a la calidad literaria.
Después me marcaron Alicia en el país de las maravillas, sin dudas, Peter Pan… creo que el gran cambio lo hice cuando de la ciencia ficción en algún momento entré en el mundo de la fantasía… me faltaba algo, algo que no lo terminaba de encontrar. Y a los 12 descubrí a Tolkien y se me voló la cabeza. Me encontré con un autor que estaba hablando de lo que yo quería escuchar. Después de eso empecé a buscar qué otra cosa había –ya para entonces tenía 18 años más o menos–, había empezado la carrera de periodismo y me fui de mochilero al sur con un libro que no había leído que era Un mago de Terramar de Ursula Le Guin. La verdad que esa vez fue como un despertar, como un viaje iniciático. En principio porque ahí fue cuando me di cuenta de que quería escribir sobre seres mitológicos, porque llegué al lugar donde la cultura araucana está como más pura, los Chilotes –que es la isla grande de Chiloé, en Chile– fue como el lugar donde encontré los mitos más puros, y además porque cuando me cuentan que a ese lugar lo llaman Terramar me sorprendió muchísimo. Entonces sentí que había llegado a un lugar donde lo posible y lo imposible, la magia y lo real se habían confundido completamente. A partir de ahí creo que el fantasy me consumió prácticamente toda la lectura. No podría decir qué libro me afectó más después de esto, pero creo que sin duda estos me marcaron como me marcó después más adelante Liliana Bodoc con su Saga de los Confines, sobre todo porque yo estaba en ese momento escribiendo los libros de Seres mitológicos y para mí era re importante generar algo que tuviera que ver con eso. Aparece Liliana y fue como decir “Bien, hay alguien que está por lo menos hablando de eso”, y nos encontramos y fue un encuentro maravilloso, ahí fue cuando me dije “bueno, llegué acá”.
Antes de comenzar, te agradecemos por acercarte a darnos esta entrevista, es un placer tenerte de invitado en nuestro blog, Sueños y Palabras.
P: Sabemos que sos un artista completo: sos escritor, narrador, ilustrador, caricaturista, periodista y hasta algunos dirían, un poeta debido a los pensamientos del Dragón Azul. Queremos saber cómo te querés presentar vos ante nuestros lectores.
R: Algunas de esas yo no las veo como profesiones. Si bien yo hice varios cursos de narración cuando estaba en periodismo, así como cursos de locución, no me considero ni locutor por un lado, ni narrador por el otro. Si bien me son útiles, son herramientas que yo utilizo constantemente, yo creo que hay gente que efectivamente es narrador/a que utiliza la oralidad digamos como un elemento de trabajo. Y creo que uno cuando es ilustrador, ilustrador, y ahí me hago cargo de la palabra en completo –he hecho desde cómics hasta caricaturas y dibujos realistas…– y ahí entonces entraría la caricatura…
En cuanto a cómo me presento, voy cambiando entre los tres elementos que más me gustan: escritor, periodista e ilustrador. Y depende del momento de mi vida, ha ganado el periodista sobre el ilustrador, ha ganado el ilustrador sobre el escritor… y en este momento me presento como escritor, ilustrador y periodista, ese orden es el que en este momento me representa.
P: ¿Qué escritores o situaciones te influenciaron a lo largo de tu vida como lector y escritor?
R: Sin lugar a dudas creo que hay un par de situaciones que siempre cuento que me formaron como alguien que tenía ganas de leer. Una de ellas es verlo a mi papá leyéndome las revistas de Asterix. Mi papá era una persona muy seria, y mientras me las leía lloraba de la risa. Y era el único momento en que lo veía realmente así, delirando de la risa. Creo que ese es el primer elemento que recuerdo, de acercarme a algo visual y escrito, y yo quería leer para ver qué era lo que le causaba tanta gracia, porque la verdad es que yo no entendía ni la mitad de las cosas que me contaba.
El segundo fue a los 9 años más o menos, cuando mi papá vino a la cama y me dijo: “Mirá, te compré la versión original de Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne”, y fue como que en ese momento me convertía en un adulto. Me devoré todo lo que tenía que ver con Julio Verne, Kipling, Conan Doyle… todos los libros que en ese momento estaban dando vueltas y que eran de fácil acceso, pero también leí otros.




